24 septiembre 2011

Ciudad de ensueño

Llegamos a Río tan pronto, que antes de poder hacer el check-in en el hostal tuvimos que irnos a comer. Lo malo, es que con mucha hambre, lo de la comida al kilo se te va de las manos. Empiezas a amontonar comida y es tu perdición, al menos, la nuestra, porque no nos gusta dejar nada en el plato, así que nos cebamos de mala manera y estuvimos un buen rato con la digestión.
Con la barriga más que llena, volvimos al hostal "books", dejamos las cosas y nos dimos una ducha merecida. El chico del albergue nos dio un mapa y nos aconsejó dar una vuelta cerquita del hostal, ya que oscurece bastante pronto y para ir al Christo o Pan de Azúcar era demasiado tarde.

El hostal estaba genial, pero por el Rock in Río, sólo había cama para dos noches, así que ya veríamos dónde pasaríamos las siguientes noches, tema que aplazamos para otro momento. Subimos a Santa Teresa, que es una montañita cerca del hostal en el barrio del mismo nombre, con una ruina de lo que debió ser una casa de la época colonial. Escaleras y cuestas más tarde llegamos reventados y pudimos hacernos una primera idea de la belleza de Río. Ya descansados y contentos con las vistas decidimos volver al hostal...




Vaya sentido de la orientación el nuestro, llegamos al parque de los Flamingos, que está bastante más al sureste que el hostal, en el que nos esperaban unos cuantos gatos tomando el sol, si no había cien, no había ninguno. Bancos y mesas ocupadas por los gatos. Nacho el fricky de los gatos acarició a la mitad de ellos y ya pudimos seguir a la playa del mismo nombre, que está detrás del parque. La playa es de las más feas de Rio y aún así limpísima, nos gustó, así que como debían ser Copacabana e Ipanema? Vimos a los pescadores recoger las redes. Ya más o menos orientados pusimos otra vez rumbo l hostal y nos quedamos enganchados en un parque, en el que nos tiramos un rato. Resulta, que en la otra esquina del parque había mesas de ajedrez, y ya sabéis...
Los que allí estaban, juegan a diario y nos metieron una paliza increíble. Seguimos preguntándonos, cómo e posible que nos humillaran tanto. Pero bueno, al menos aprendimos unas jugadas nuevas, y seguimos dándole vueltas a una escena de la partida que no conseguimos recordar del todo, pero fue brillante.

Humillados pero contentos, regresamos al albergue, en el que para nuestra sorpresa ya estaban todos de fiesta. Gente de todas partes, cantando y bailando al son de la música, que tocaba un grupo que estaba allí hospedado. Catamos las caipiriñas del hostal, que estaban bien, pero ni por asomo como las de Maraú. En algún momento nos acostamos y dormimos felices.

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